
El español jugará este domingo los octavos de final en el US
Open
El área metropolitana de Nueva York, que incluye partes de
Nueva Jersey, Connecticut y Pensilvania, supera los 19,5 millones de
habitantes. Es muy fácil pasar desapercibido entre los ríos de gente que cada
día deambulan por sus calles, desde bien pronto hasta la madrugada. Carlos
Alcaraz, sin embargo, siente que su experiencia en la ciudad ya no es la misma
de antes.
“Este año siento que en la calle me conocen más”, reconoció
el No. 2 del PIF ATP Rankings antes de jugar los octavos de final frente a
Arthur Rinderknech. “Me paran más y no puedo caminar todo lo que me lo que me
gustaría, pero aquí, en el torneo, siempre recibo un cariño muy agradable, y me
encanta”.
Nueva York fue el lugar donde se presentó en sociedad a
nivel mundial. En 2021, con apenas 18 años, derrotó a Stefanos Tsitsipas en un
partido memorable de cinco sets, el duelo que le colocó definitivamente en el
mapa del tenis internacional. Fue el nacimiento de una estrella en la Arthur
Ashe, con la grada ya entregada a un adolescente que parecía destinado a marcar
época.
Un año después, en 2022, el murciano completó una de las
actuaciones más épicas jamás vistas en Flushing Meadows. Aquel torneo se
convirtió en un maratón de emociones: primero los cuartos de final ante Jannik
Sinner, un partido de cinco horas y quince minutos que se jugó hasta bien
entrada la madrugada y que todavía se recuerda como uno de los mejores
encuentros de la década. Luego llegaron las semifinales contra Frances Tiafoe,
otra batalla de cinco sets en la que el público neoyorquino vibró con cada punto.
Finalmente, en la gran final, Alcaraz derrotó a Casper Ruud para conquistar su
primer título de Grand Slam y convertirse en el número uno más joven de la
historia. Desde entonces, su vínculo con la ciudad es especial.
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No es ningún secreto que el espectáculo forma parte
inseparable de Flushing Meadows. La música, la conversación constante en las
gradas, la atmósfera de show… Nueva York no entiende el tenis de otro modo que
no sea con ruido de fondo y celebraciones desmedidas. En ese contexto, Alcaraz
ha encontrado su hábitat. Su manera de sonreír en los intercambios, de buscar
la conexión con el público después de un golpe ganador, lo acercan a la esencia
del torneo. La Arthur Ashe, con más de 23.000 espectadores, se convierte en un
escenario donde el murciano se siente como en un concierto: el artista que sube
al escenario y encuentra en el clamor del público el impulso necesario para
sostener su tenis agresivo y desbordante.
“Intento mostrar cosas diferentes para que ellos se lo pasen
bien”, aseguró el campeón de cinco títulos de Grand Slam. “Y creo que la
reacción cada vez que hago algo distinto, o un buen punto, es el doble
comparado con otros lugares. Cada vez que juego aquí siento un cariño muy
especial”.
En ese terreno, Alcaraz juega con ventaja: su frescura
conecta con un público que busca algo más que un buen resultado deportivo. El
español ofrece el combo perfecto de tenis de alto nivel y entretenimiento
espontáneo, algo que cautivó desde el primer momento al público de Nueva York.
Nueva York es, para muchos jugadores, un Grand Slam que
exige un extra. La logística, los desplazamientos y la vida diaria en la ciudad
terminan desgastando. Alcaraz convierte esa misma sobrecarga en un estímulo.
Ahí es donde marca la diferencia: lo que para otros es ruido, para él se
convierte en gasolina.
“Al final, la ciudad depende de la persona”, aseguró el
español. “Yo soy alguien muy tranquilo que prefiere estar sin mucha gente
alrededor y en Nueva York hay mucha gente, mucho tráfico, es como que todo va a
velocidad por dos”, bromeó. “Fuera de la pista puede llegar a estresarte un
poco, pero dentro… me encanta. Me gusta la gente y el ambiente porque se
asemeja mucho a mi forma de ser en la pista. Y eso es algo que agradezco”.
Nueva York, con sus 19,5 millones de habitantes y su ritmo
incesante, encuentra en Alcaraz a un jugador capaz de devolverle esa energía
multiplicada dentro de la pista.