Jódar, Landaluce y Mérida encabezan la nueva hornada en
Roland Garros
Martín Landaluce alcanzó los cuartos de final en Miami y
Roma esta temporada.
España ha construido buena parte de su identidad tenística
en Roland Garros. Los nombres se acumulan con una facilidad casi natural:
campeones, finalistas, grandes batallas, generaciones enteras capaces de
encontrar en la tierra batida de París un territorio familiar. Pero el torneo
también permite asomarse al futuro. Y en 2026, la presencia de Rafael Jódar,
Martín Landaluce y Daniel Mérida ofrece una fotografía muy valiosa para medir
el relevo nacional, y que el tenis español no veía desde hacía más de dos
décadas: tres jugadores de 21 años o menos compitiendo en un mismo cuadro de
Grand Slam.
El dato tiene una profundidad especial porque obliga a
retroceder hasta Roland Garros 2005. Entonces, España presentó en París una
generación joven de enorme volumen: Rafael Nadal, con 18 años en el arranque
del torneo; Daniel Gimeno-Traver, con 19; Nicolás Almagro, también con 19;
Fernando Verdasco, con 21; y Guillermo García-López, igualmente con 21. Cinco
jugadores españoles de 21 años o menos en un mismo Grand Slam. Una imagen que,
vista desde la distancia, terminó teniendo una carga histórica evidente.
Ahora es la hora de Jódar, Landaluce y Mérida. Los tres
llegan a París con 21 años, o menos. No es un dato menor. En una época en la
que el circuito exige madurez física, fortaleza mental y una velocidad de
adaptación cada vez más alta, España presenta tres nombres jóvenes en el
escenario más simbólico de su tradición de Grand Slam. El valor del dato no
está únicamente en la edad. Está en la variedad de caminos que representan.
Mérida, nacido en 2004, pertenece a una generación que ha
ido acumulando experiencia desde un perfil más silencioso. Su recorrido ha sido
distinto al de otros jóvenes, pero responde a una lógica clásica dentro del
tenis español: sumar partidos, ganar dureza, construir una identidad en el
circuito y aprender a competir fuera del foco. En un Grand Slam, ese tipo de
formación pesa. París no premia solo el talento inicial. También premia la
resistencia, el orden y la capacidad para vivir con marcadores largos. Su debut
ante Ben Shelton, quinto favorito del cuadro, será una gran prueba de arranque
en París.
Landaluce, campeón júnior del US Open en 2022, lleva tiempo
ocupando un espacio claro dentro del proyecto de futuro del tenis español. Su
nombre apareció pronto en la conversación, pero su evolución ha tenido etapas.
En 2026, su salto competitivo ha encontrado un punto de aceleración
especialmente visible. Dos cuartos de final en dos ATP Masters 1000 (Miami y
Roma) le han llevado al mejor ranking de su carrera, como No. 67. Su estreno en
Roland Garros será contra un rival de la previa o un lucky loser.
Jódar, por su parte, representa la irrupción más llamativa.
Campeón júnior del US Open en 2024, el madrileño ha dado un salto enorme en
2026, hasta instalarse en rondas importantes de torneos ATP y convertirse en
uno de los nombres de referencia de la Race #NextGenATP. El madrileño consiguió
su primer trofeo ATP Tour en Marrakech, alcanzó las semifinales en Barcelona y
los cuartos de final en Madrid y Roma, llegando a su primer partido en París
frente a Aleksandar Kovacevic en un estado de confianza increíble.
La combinación de los tres permite hablar de algo más que una coincidencia. España no solo sigue teniendo a Carlos Alcaraz como gran referente global, sino que empieza a presentar profundidad joven en diferentes alturas del circuito. Esa es una lectura importante. Durante años, cada relevo español ha tenido que convivir con una comparación inevitable: primero con la generación de Nadal, David Ferrer, Fernando Verdasco, Almagro o Feliciano López; después con la aparición de Alcaraz como figura capaz de absorber casi toda la atención.
Mérida, Landaluce y Jódar no necesitan cargar con esa
historia. Pero sí forman parte de ella. Roland Garros les coloca en una
conversación que va más allá de su resultado inmediato. Ninguno llega con
obligaciones. La exigencia es otra: competir, mostrar pertenencia, sumar
experiencia y confirmar que la transición española no depende únicamente de un
nombre.
París es un lugar especialmente útil para medir ese proceso.
La tierra batida exige madurez competitiva, gestión emocional y paciencia
táctica. En ese contexto, la edad cobra un valor distinto. Tener 19, 20 o 21
años y aparecer en un Grand Slam no es solo una señal de precocidad. Es también
una invitación a descubrir cuánto camino queda por recorrer.
El tenis español ha vivido muchas veces de la abundancia. En
algunas épocas, esa abundancia llegó por arriba, con varios jugadores
instalados entre los mejores del mundo. En otras, llegó desde la base, con una
generación amplia empujando desde torneos menores, Challengers y primeras
experiencias ATP. La imagen de Mérida, Landaluce y Jódar pertenece a esa
segunda categoría. Todavía no define una era, pero sí permite intuir una
dirección.
Roland Garros 2026 puede ser, para ellos, un punto de
partida compartido. Tres jóvenes españoles en un mismo escenario de Grand Slam.
Tres trayectorias distintas. Tres formas de entender el crecimiento. Y una
pregunta que empieza a moverse de fondo: después de Alcaraz, ¿qué más tiene
preparado España?
