Málaga, 25 de enero de 2026
Por Jorge Mir Mayor
Cuando Carlos Alcaraz congenia con la pelota, el espectáculo roza lo sobrehumano.
Cada golpe surge con precisión y belleza; las
aceleraciones combinan potencia y control y la pelota parece obedecerle como si
compartieran un lenguaje propio.
En esta primera semana del torneo, los ángulos imposibles se
han vuelto rutina, los contragolpes arte y los rivales han quedado reducidos a
espectadores. Está siendo Alcaraz capaz de inventar tenis en tiempo real y de
convertirlo en un escenario perfecto.
Pero no todos los partidos que le quedan hasta la final en
Australia serán así. Conviene decirlo sin rodeos.
Cuando llegue un partido en el que la química desaparezca,
su tenis pierde ventaja. La bola ya no hace daño, el timing se desajusta y las
decisiones —que en los días buenos parecen instintivas— llegan tarde y mal.
No es solo cuestión de errores no forzados: el partido
empieza a mandarle señales que no siempre interpreta.
Los intercambios se alargan, los puntos importantes se le escapan y la sensación de control se diluye.
Ahí el talento deja de ser un salvavidas
El partido exige algo que aún no domina del todo: paciencia sin chispa, orden sin inspiración, resistencia mental cuando el brillo no aparece. Ese es, hoy, su verdadero desafío.
Alcaraz debe apoyarse en esos momentos en ajustar alturas y
márgenes, ordenar patrones desde el fondo y sostenerse en su físico y
disciplina táctica.
Esta situación no es negativa; es parte del camino que
Carlos debe recorrer para competir, incluso cuando la inspiración falte.
Saludos. Jorge Mir Mayor

