El español remonta un 0-2 a Kopriva y se mete en la tercera
ronda de Roland Garros
Pero esta vez la historia tuvo una profundidad
todavía mayor. Dos días después de ganar su primer partido en un Grand Slam
tras cuatro horas y 30 minutos de batalla, el español regresó a la pista para
levantar un desafío aún más exigente: remontar dos sets en contra ante Vit
Kopriva y firmar una victoria de enorme carácter por 1-6, 2-6, 6-4, 7-5, 6-0 en
tres horas y 44 minutos en la segunda ronda del torneo parisino.
El resultado, por sí solo, ya explica una parte de la
dimensión del triunfo. Pero no toda. Landaluce no solo ganó otro partido largo.
No solo avanzó por primera vez a la tercera ronda de un Grand Slam. Lo hizo
después de entrar en una situación límite, con el encuentro escapándose
demasiado rápido, sin encontrar continuidad durante los dos primeros parciales
y obligado a reinventarse cuando apenas quedaba margen de error. En el tenis a
cinco sets, los encuentros pueden ofrecer segundas vidas. Lo difícil es estar
preparado para tomarlas.
El madrileño había explicado después de su estreno en París
que este tipo de partidos le estaban ayudando a entender la diferencia entre
competir al mejor de tres mangas y hacerlo en un Grand Slam. Entonces habló de
la necesidad de “ganar el partido como dos veces”. Ante Kopriva, esa frase
encontró una versión todavía más extrema. Porque Landaluce no tuvo que ganar el
partido dos veces. Primero tuvo que recuperarlo. Después, igualarlo. Y solo
entonces empezó a ganarlo.
Los dos primeros sets fueron una prueba de paciencia forzada. Kopriva, jugador incómodo, con oficio y capacidad para alargar intercambios, encontró pronto una dinámica favorable. Landaluce apenas pudo sostener el ritmo, cedió el primer parcial por 1-6 y el segundo por 2-6, quedando al borde de una derrota que parecía avanzar con demasiada claridad. No era solo el marcador. Era la sensación de que el checo estaba llevando el partido hacia un territorio donde el español no encontraba respuestas.
Pero los Grand Slam tienen una condición particular: casi
nunca se acaban cuando parecen acabados. A partir del tercer set, Landaluce
empezó a ordenar su tenis. No desde una explosión inmediata, sino desde una
reconstrucción progresiva. Necesitaba agarrarse primero a sus juegos de saque,
mejorar la selección de golpes, aceptar que no podía recuperar todo de golpe y
volver a entrar emocionalmente en un partido que se había colocado cuesta
arriba.
Ahí apareció una de las señales más importantes de su semana
en París. Landaluce no se descompuso. Venía de un partido larguísimo en primera
ronda, con desgaste físico, tensión acumulada y muchas cosas que gestionar.
Podía haber acusado el golpe de verse dos sets abajo tan pronto. Sin embargo,
encontró una manera de detener la caída y empezar de nuevo. El tercer parcial,
cerrado por 6-4, cambió el tono de la tarde. Ya no estaba dominando Kopriva sin
respuesta. Ya había partido.
El cuarto set terminó de confirmar el giro. Landaluce volvió
a tener que trabajar cada juego, sin la comodidad de un marcador amplio, pero
con una convicción distinta. El español fue creciendo en presencia, en energía
y en claridad. Cada punto ganado empezó a pesar de otra manera. Kopriva, que
había tenido el partido bajo control, se encontró de repente en una pelea mucho
más larga de la que había imaginado. Y ahí el tenis cambió de dueño.
El 7-5 del cuarto parcial llevó el encuentro al quinto set y
abrió una pregunta enorme. Después de dos partidos seguidos al límite, después
de horas de pista y de una remontada emocionalmente exigente, ¿cuánto le
quedaba a Landaluce? La respuesta fue la mejor posible. El español entró en el
set definitivo con una autoridad inesperada, abrió ventaja y dejó la remontada
culminada con un 6-0 para convertirse en una de las grandes historias jóvenes
de esta edición de Roland Garros.
Ese último tramo fue una muestra de madurez. Muchas veces,
cuando un jugador joven remonta dos sets, el desgaste de la reacción se paga en
la orilla. Landaluce hizo lo contrario. Después de igualar el partido, aceleró.
Después de recuperar la vida, la utilizó para tomar el control. Y después de
haber aprendido en primera ronda lo que significa sufrir durante cuatro horas y
media, volvió a demostrar que su semana en París no está siendo únicamente una
sucesión de victorias, sino un curso intensivo de Grand Slam.
La diferencia entre ambas victorias también ayuda a explicar
su crecimiento. En la primera ronda, ante Juan Carlos Prado Angelo, Landaluce
tuvo que aprender a cerrar un partido que se le complicó después de haber
estado por delante. En la segunda, ante Kopriva, tuvo que aprender a no irse
cuando todo parecía perdido. Son dos lecciones distintas y complementarias. Una
habla de gestionar la ventaja. La otra, de convivir con el abismo.
Para un jugador de 20 años, ese aprendizaje puede tener un valor enorme. Landaluce llegó a Roland Garros con el cartel de talento joven, campeón júnior del US Open en 2022 y protagonista de una temporada en la que ya había firmado señales importantes. Pero París le está entregando algo que no siempre aparece en los rankings ni en las estadísticas: experiencia real en situaciones límite. De la que se acumula con el cuerpo cansado, el marcador en contra y la obligación de encontrar soluciones sin esperar a otro torneo.
También hay una lectura española evidente. En una edición en
la que Rafael Jódar y otros jóvenes nacionales han tomado protagonismo,
Landaluce está construyendo su propio relato desde la resistencia. No ha ganado
sus partidos por la vía rápida ni desde una superioridad constante. Los ha
ganado desde la insistencia, el sufrimiento y la capacidad de aprender mientras
compite. Eso, en un Grand Slam, tiene un peso especial.
Roland Garros no le está regalando nada. Le está exigiendo
muchísimo. Y Landaluce, de momento, está respondiendo con una madurez que crece
a la misma velocidad que los problemas que va resolviendo. Dos partidos, dos
batallas a cinco sets, una primera victoria en Grand Slam y una remontada desde
dos sets abajo que puede marcar un antes y un después en su relación con los
grandes escenarios.
El marcador final dirá que Landaluce ganó por 1-6, 2-6, 6-4,
7-5, 6-0. Pero la historia contará algo más importante: que el español estuvo
prácticamente fuera, encontró una puerta, la empujó con paciencia y terminó
demostrando que en París ya no solo está aprendiendo a competir. Está
aprendiendo a sobrevivir.
