El español reflexiona sobre la etapa terminada
Rafael Nadal recorrió este jueves una vida entera condensada en el nuevo museo de la Rafa Nadal Academy.
Sus comienzos en Manacor, sus
primeras raquetas, las imágenes de niño, los grandes escenarios, los trofeos,
los rivales, las noches imposibles, los días que parecían no acabar nunca y las
victorias que terminaron explicando una de las carreras más importantes en la
historia del deporte. Todo está ahí. Ordenado, iluminado, convertido en
memoria.
Pero cuando Nadal camina por ese pasado, no lo hace desde la
nostalgia de quien desea regresar. Tampoco desde la melancolía de quien siente
que algo quedó pendiente. Lo hace desde otro lugar: el de quien sabe que una
etapa terminó porque tenía que terminar.
“Tengo la suerte de que es una página cerrada, bien
cerrada”, explicó durante la inauguración del nuevo museo de la Rafa Nadal
Academy, un espacio que no solo repasa su carrera, sino que también obliga a
preguntarse qué siente el propio protagonista al verse convertido ya en
historia.
La respuesta de Nadal fue tan directa como reveladora. No
hay añoranza diaria. No hay necesidad de revivir lo que fue. No hay una
conversación pendiente con el jugador que dejó de ser.
“Por suerte, creo que llegué al límite de mis posibilidades.
Creo que no mentales, pero físicas sí”, admitió el manacorí, que volvió a
hablar con naturalidad de aquel tramo final de su carrera, marcado por la
lesión, la operación, la recuperación y el intento definitivo de volver a
competir en condiciones.
Durante mucho tiempo, Nadal peleó contra su propio cuerpo con la misma lógica que había aplicado durante toda su vida deportiva: intentarlo hasta el final. No porque necesitara una despedida perfecta. No porque quisiera una última imagen grandiosa. No porque el ego le exigiera marcharse levantando un trofeo. Lo hizo porque seguía siendo feliz en la pista.
“Yo era feliz haciendo lo que hacía. La realidad es que
seguía siendo competitivo y, nada más simple que eso, me seguía gustando lo que
hacía”, explicó.
Ese es el punto que quizá mejor resume su final. Nadal no se
fue porque hubiera dejado de amar el tenis. Se fue porque entendió que su
cuerpo ya no le permitía vivirlo como necesitaba. Y, precisamente por eso,
haber probado esa última vía le dejó una tranquilidad que hoy parece absoluta.
“Hice lo que tenía que hacer para darme la oportunidad de
seguir”, recordó.
La operación a la que se sometió, reconoció, llegó acompañada de una promesa razonable: existían opciones reales de volver a competir al máximo nivel. Con esa esperanza, Nadal aceptó el camino más duro. Meses de trabajo, de dolor, de incertidumbre y de una recuperación que, vista ahora con la perspectiva de todo lo que ocurrió después, quizá no habría emprendido si hubiese conocido el desenlace.
“A sabiendas de lo que ha pasado a posteriori, pues no lo
habría hecho”, reconoció. “Pero a mí me dieron la confianza de que con una
operación habría opciones de volver a competir en condiciones, y lo hice”.
No fue una decisión tomada desde la obsesión por alargar una
carrera. Fue, en realidad, la manera más coherente de cerrarla. Nadal
necesitaba saber que no quedaba nada más por intentar. Que si el final llegaba,
llegaría después de haber agotado todas las posibilidades razonables. Que no
habría una pregunta suspendida para siempre.
“Si no lo hubiera intentado, a lo mejor sí que estaría aquí
viendo las imágenes del museo, a veces imágenes que salen por televisión, y
estaría pensando: a lo mejor lo debería de haber intentado”, dijo.
Ese pensamiento ya no existe. Y esa es, quizás, la mayor
victoria emocional de su retirada. Nadal mira ahora su carrera como algo que
forma parte de su vida, pero que ya no gobierna su presente. La observa con
gratitud, con orgullo, incluso con emoción en días especiales como este, pero
no con dependencia.
“A día de hoy te digo que no, no lo echo de menos porque sé
que mi lugar ya no está ahí”, aseguró. “Se cerró esta etapa bien cerrada. Tengo
grandes recuerdos de ello, pero no vivo diariamente con esos recuerdos, lo digo
con total honestidad. Estoy en otra etapa de mi vida y la estoy disfrutando”.
La inauguración del museo activó inevitablemente muchas
imágenes. Algunas pertenecen al Nadal niño. Otras al campeón que ganó una y
otra vez en París. Otras al competidor que elevó su rivalidad con Roger Federer
y Novak Djokovic a una dimensión histórica. Otras al jugador que transformó la
exigencia, la resistencia y la capacidad de sufrimiento en una forma de arte.
Sin embargo, Nadal nunca ha sido especialmente amigo de
mirarse. Ni antes ni ahora.
“En casa no soy de mirarme, no lo he sido nunca, ni ahora
muchísimo menos”, explicó. “Cuando días como hoy veo las imágenes, te lleva a
recuerdos que han sido muy bonitos”.
Bonitos, sí. Pero no necesarios para seguir adelante.
Esa distancia también apareció cuando se le planteó si el
final de su carrera había sido demasiado doloroso para lo grande que había sido
todo lo anterior. Si, de haber sabido lo que vendría después, le habría
compensado terminar en lo más alto, por ejemplo tras conquistar Roland Garros
en 2022.
Nadal no esquivó la pregunta. Al contrario, la llevó al
terreno más personal.
“Eso solo lo necesita la gente con ego, con un ego
importante. Sinceramente, lo digo de verdad, no es mi caso”, respondió.
La frase explica mucho más que una retirada. Explica una
forma de entender la carrera. Nadal no necesitaba una última fotografía
perfecta para validar todo lo anterior. No necesitaba que el cierre estuviera a
la altura estética de la leyenda. Necesitaba ser fiel a sí mismo.
“Yo creo que lo que hice fue lo que soy como persona, que es
intentarlo hasta el final”, subrayó.
Después llegó el matiz, importante. Si hubiera sabido todo
el sufrimiento físico que vendría, sí se habría retirado antes. Pero no por la
imagen. No por el relato. No por marcharse ganando. Lo habría hecho para evitar
un proceso de dolor que acabó siendo mucho más duro de lo esperado.
“Me hubiera retirado, pero por una simple razón: porque pasé
por una operación, pasé por muchos meses de recuperación con dolor, con dolor
durante todo ese año de intentar recuperarme”, explicó.
Desde fuera, el deporte muchas veces se mira desde la épica
del regreso, desde la posibilidad de una última gran noche, desde la tentación
de imaginar finales redondos. Desde dentro, Nadal recordó que las cosas son
bastante más complejas.
“La gente muchas veces desde afuera, que es lo lógico, lo
que opinamos todos de todos los deportes desde lo que vemos como simples
espectadores, no sabe lo que está pasando dentro realmente”, dijo.
“¿Por qué te vas a retirar ganando Roland Garros si yo soy
feliz haciendo lo que hago? Si realmente tres semanas después creo que estaba
preparado para ganar Wimbledon”, recordó. “Me rompí el abdominal
desgraciadamente en cuartos de final. Después, la vida me llevó a tener
lesiones, pero no tengo para nada ningún arrepentimiento de haber seguido”.
En el museo hay trofeos, imágenes y objetos. Hay memoria
deportiva. Hay un recorrido visual por lo que Nadal fue. Pero quizá lo más
significativo de todo es lo que no se ve: la paz con la que el protagonista
acepta que ese capítulo ya no le pertenece como presente.
“Creo que terminé como soy yo, como persona”, resumió.
Y esa frase, en un día rodeado de recuerdos, explica mejor
que ninguna otra por qué Nadal puede caminar por su museo sin quedar atrapado
en él.

