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viernes, 29 de mayo de 2026

Rafa Jódar sigue sumando y jugará octavos de final en Roland Garros

 



El español tumbó a Michelsen en un partido decidido en el quinto set


Rafael Jódar celebra su primera presencia en la segunda semana de un Grand Slam.


Rafael Jódar ya está en los octavos de final de Roland Garros. Y esta vez no lo hizo desde la autoridad temprana ni desde la sensación de control que había acompañado buena parte de sus primeros pasos en París. El español volvió a ganar, pero sobre todo volvió a aprender. Derrotó a Alex Michelsen por 7-6(2), 6-7(5), 4-6, 6-3, 6-3, levantando un partido que se había colocado cuesta arriba y firmando una de esas victorias que pesan mucho más que una ronda en el cuadro.

 

El triunfo tiene una lectura inmediata. Jódar, de 19 años, avanza a octavos de un Grand Slam por primera vez en su carrera y confirma que su irrupción en Roland Garros no depende únicamente de una buena semana, de un cuadro favorable o de una inspiración pasajera. En París ya ha mostrado varias versiones de sí mismo. La contundente, la que puede dominar desde el arranque. La paciente, la que sabe aceptar partidos incómodos. Y ahora también la resistente, la que no se marcha cuando el marcador empieza a señalar hacia el otro lado.

 

Ante Michelsen, el español tuvo que atravesar uno de esos encuentros que sirven para medir con más precisión la madurez de un jugador joven. No fue una victoria lineal. No fue una tarde resuelta desde la superioridad. Fue una pelea de cinco sets, con dos desempates en el arranque, con cambios de impulso, con un rival de enorme peligro al otro lado de la red y con la necesidad de volver a construir cuando el partido parecía estar escapándose.

 

Jódar empezó imponiéndose en un primer set de máxima tensión, resuelto en el tie-break a su favor. Ese parcial inicial ya dejó claro que el encuentro iba a moverse en detalles. Michelsen, uno de los nombres más destacados de la generación joven estadounidense, no se fue del partido tras perder el primer set. Al contrario, respondió en el segundo con otro desempate, esta vez a su favor, y equilibró el marcador ganando el segundo parcial en otro desempate. En ese momento, el duelo empezó de nuevo, pero con una exigencia emocional diferente.

 

El tercer set terminó de cambiar el paisaje. Michelsen lo cerró por 6-4 y colocó a Jódar contra una frontera nueva en su torneo. Por primera vez en París, el español se veía obligado a remontar de verdad. Ya no bastaba con administrar ventajas, ni con sostener una dinámica favorable. Tenía que encontrar una respuesta cuando el rival había tomado el control y el margen de error había desaparecido.

 

Ahí apareció la parte más valiosa de la victoria. Jódar no se desordenó. No perdió la claridad. No dejó que el peso del momento le sacara de la pista. Volvió al partido desde la serenidad y desde la convicción de que todavía había espacio para cambiar la historia. El cuarto set, ganado por 6-3, tuvo algo de declaración. No solo por el marcador, sino por lo que significaba: después de perder dos parciales consecutivos, el español seguía teniendo piernas, tenis y cabeza para llevar el encuentro al quinto.

 

En un Grand Slam, esa capacidad vale muchísimo. El formato a cinco sets suele abrir una puerta a la experiencia, al físico y a la gestión emocional. Los partidos se alargan, las ventajas cambian de dueño y los jugadores tienen que ganar varias pequeñas batallas dentro de una misma tarde. Jódar, que todavía está descubriendo desde dentro este tipo de escenarios, volvió a demostrar que aprende a una velocidad enorme.

 

El quinto set confirmó esa sensación. El español entró en el parcial definitivo con la inercia de quien había sobrevivido al momento más delicado y empezó a construir la remontada con autoridad. Después de haber estado dos sets a uno abajo, ya no parecía un jugador que buscara únicamente resistir. Parecía un jugador dispuesto a cerrar el giro completo del partido. Ese cambio de energía terminó llevando a Jódar hasta una victoria muy importante.

 

El valor del triunfo crece también por el rival. Michelsen no es un nombre menor dentro de la nueva generación. Es un jugador con experiencia creciente en grandes escenarios, con potencia, presencia física y capacidad para hacer daño en ritmos altos. Ganarle en una primera o segunda ronda ya habría tenido mérito. Hacerlo en cinco sets, remontando, añade una dimensión diferente. Jódar no solo superó a un rival peligroso. Superó un tipo de partido que ayuda a construir carreras.

 

La victoria, además, encaja dentro de una primavera que ha cambiado por completo su lugar en el circuito. Jódar llegó a Roland Garros con una temporada de enorme impacto, después de haber sumado resultados importantes en la gira de tierra y de haberse instalado entre los nombres más relevantes del circuito. Pero un Grand Slam siempre pide una confirmación propia. París no mide únicamente el estado de forma. Mide la capacidad para sostenerse en partidos largos, para convivir con la presión y para responder cuando el cuadro empieza a exigir algo más que talento.

 

Jódar está respondiendo a todo eso. En sus primeros partidos en Roland Garros ha ido ampliando su repertorio competitivo. Primero enseñó naturalidad en el debut. Después, capacidad para asumir partidos más incómodos. Ahora, frente a Michelsen, ha mostrado una virtud todavía más importante: la habilidad para seguir creyendo cuando el partido se pone realmente difícil.

 

Ese es quizá el dato más relevante para un jugador de 19 años. El pase a octavos no llega solo por jugar bien. Llega por insistir cuando deja de bastar con jugar bien. Por aceptar que el rival también encuentra respuestas. Por no hundirse después de un desempate perdido. Por no dejar que un tercer set adverso condicione el resto de la tarde. Por entender que, en un Grand Slam, la oportunidad puede reaparecer si uno permanece lo suficientemente cerca.

 

Jódar ya está en los octavos de Roland Garros. La frase tiene fuerza por sí sola. Pero su significado aumenta al mirar el camino. No ha llegado hasta ahí únicamente desde la ilusión de una promesa. Ha llegado desde la madurez competitiva de alguien que empieza a entender cómo se sobreviven los partidos grandes.

 

En París, Jódar sigue abriendo puertas. Esta vez, además, tuvo que hacerlo después de encontrarlas cerradas.

 

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