Málaga, 15 de julio de 2026
Por Jorge Mir Mayor
Hay una conversación que un tenista mantiene todos los días. No es con su entrenador, con sus padres ni con sus compañeros. Es la conversación que mantiene consigo mismo después de un buen entrenamiento, de una derrota, de fallar una bola fácil o de ganar un partido importante.
Sin darse cuenta, esa conversación va construyendo la imagen
que tiene de sí mismo como jugador. Si se repite constantemente que no sabe
competir, entrará en la pista condicionado por esa idea. Si piensa que siempre
falla los puntos importantes, puede terminar actuando como si esa debilidad
fuera inevitable. En cambio, si aprende a analizarse con honestidad, sin
engañarse, pero también sin castigarse, empezará a conocerse mejor.
Por eso recomiendo, de vez en cuando, un ejercicio muy
sencillo: ponerse delante de un espejo, mirarse a los ojos y preguntarse qué
piensa realmente de su tenis, qué hace bien, qué necesita mejorar, qué excusas
se está contando y qué verdades está evitando reconocer.
El espejo no cambia a ningún jugador. Lo que puede ayudarle
a cambiar es la honestidad con la que decide mirarse. No se trata de atacarse
ni de repetirse que todo va bien cuando no es verdad. Se trata de observarse
con sinceridad, respeto y objetividad.
Entrenamos el saque, la derecha, el revés, la táctica y la
preparación física, pero muy pocas veces entrenamos la forma en la que nos
hablamos. Esa conversación silenciosa e invisible también forma parte del
entrenamiento y puede influir en la manera de afrontar los errores, la presión
y los momentos difíciles.
Conocerse no garantiza jugar mejor, pero es muy difícil
jugar mejor sin conocerse.
La imagen que un jugador tiene de sí mismo influye, muchas
veces más de lo que imagina, en la forma en la que entrena, compite y
evoluciona.
Saludos. Jorge Mir

