Durante todo el campeonato ha demostrado que tiene fútbol para ganar a cualquiera. Ha sido valiente con el balón, ha defendido hacia delante, ha sabido sufrir cuando el partido lo exigía y sobre todo, ha construido una identidad. Nadie llega a una final por casualidad.
Pero las finales no entienden de estadísticas.
Las finales ponen a prueba algo mucho más difícil de medir: la capacidad de competir cuando la presión lo invade todo. Y es imposible no pensar en Rafael Nadal. No porque jugara al tenis. Sino porque convirtió la competición en una forma de entender el deporte.
Durante más de veinte años nos enseñó que cada punto merecía el mismo respeto. Que un error terminaba en el instante en que ocurría. Que el siguiente punto era siempre el más importante. Nunca permitió que una mala decisión condicionara la siguiente. Nunca dejó de creer. Nunca dejó de luchar. Ese es el verdadero legado de Nadal. No son solo sus títulos. Es su mentalidad.
El domingo España no necesita cambiar su fútbol. Ha llegado
hasta aquí siendo fiel a una idea y sería un error renunciar a ella. Lo que
necesita es afrontar cada minuto con esa determinación que tantas veces vimos
en Rafa.
Habrá momentos de dificultad. Argentina también tendrá sus fases de dominio. Llegarán los nervios. Algún error. Alguna decisión arbitral discutible. Ninguna final se juega como uno imagina. La diferencia estará en quién sea capaz de mantenerse firme cuando aparezca la incertidumbre. En quién siga creyendo. En quién compita cada balón como si fuera el último.
Si los jugadores españoles consiguen añadir a su enorme talento un poco de esa mentalidad que hizo eterno a Rafael Nadal, estarán mucho más cerca de levantar la Copa. Porque el domingo no solo hará falta jugar muy bien. Hará falta competir como competía Rafa Nadal.
Saludos. Jorge Mir



